Vi crecer y extinguirse pueblos,
vi nacer y secarse ríos enteros
miles de temporales me sacudieron,
pero también me devolvieron vida.
Hace 100 años mis piernas me mantienen erguido,
descalzo, en la cima de la montaña.
Aprendí de las estrellas,
a leer las inundaciones y anticipar sequías.
Desde mi núcleo me comunicó con hermanos,
que siguen obedientes en sus filas y senderos.
Y así siento como vienen ardiendo mis hijos,
y así padezco las llamaradas que aniquilan a mi especie.
Lo siento en el suelo, que ya no refresca.
Y en el aire, que ya no se respira.
Sé que viene el final sin poder evitarlo
y, aún ardiendo, no puedo detenerlo.
No es mi destino escapar,
porque tal vez yo sea, con suerte,
lo que salve a quienes me preceden.
Mis lágrimas se cristalizan en mi tronco rugoso,
y, en estos últimos días,
soy refugio y descanso
para los que, en su huida,
escuchan a la muerte anunciarse en forma de sirena.