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Sebastián y Lucía eran estudiantes del interior de la Provincia. Vivían de lo que le enviaban sus padres y de algunas artesanías que ella vendía en el Paseo de las Artes. Contaban con poco dinero.

Alquilaron un departamento en calle Santa Rosa nº 2665 de Barrio Alto Alberdi. Era una especie de housing actual, pero para Estudiantes. El lugar era conocido como los nichos.

El problema era que los departamentos no tenían ventana. Una puerta, dos cuchetas, una pequeña cocina y el baño al fondo. En verano debían dormir con la puerta abierta. El patio de adelante era compartido con los otros estudiantes, único lugar al aire libre, donde se realizaban asados comunitarios, reuniones y se recibían las visitas.

Sebastián dibujo con tizas en una de las paredes de su pequeño departamento una ventana, con un bello paisaje. Le puso un marco y postigos de cartón. En verano dibujaba el río que recorría un valle entre verdes colinas. O un velero en medio del mar. En otoño los árboles se ponían de color ocre y las hojas caían. En invierno llovía y hasta se veían pequeños copos de nieve. A veces debían cerrar los postigos. En primavera la ventana se cubría de flores.

Ocasionalmente pasaban transeúntes en bicicleta.

Después comenzó a dibujar, a pedido, ventanas en cada departamento, que eran seis en total. Uno de los departamentos que daba a la calle Santa Rosa, tenía dibujada una ventana, de modo tal que los ocupantes podían ver a los vecinos cuando pasaban a realizar sus tareas cotidianas, como ser ir con el carrito al supermercado del barrio o al kiosco a comprar cigarrillos o una botella de cerveza. De este modo los nichos ganaron en ventilación y luz.

La vida transcurría apacible en el lugar. Periódicamente se realizaban unas especies de reuniones de consorcio, diríamos, las que terminaban con unos chorizos y un par de faldas crocantes arrojados a una improvisada parrilla en el pequeño patio que unía a todos los nichos, todo regado con vino de damajuana por supuesto y generosos porrones de cerveza. Se acompañaba con guitarra y baile, lo que a veces -o mejor dicho siempre- ocasionaba las consabidas quejas de los vecinos, que a viva voz los invitaban a dormir y estos a participar de la fiesta, a lo que aquellos accedían, por lo que se armaban unos lindos bailes en el lugar hasta altas horas de la madrugada.

Con el tiempo el amor pareció esfumarse en los nichos. El terminó la Escuela de Bellas Artes y se mudó a Buenos Aires. Luego ella se enteró que se había marchado a Barcelona. Lucía puso un negocio de artesanías y le iba muy bien.

A los años Sebastián regresó a Córdoba a inaugurar una exposición de cuadros.

Lucía fue. Las pinturas eran todas ventanas; ventanas y más ventanas. Por allí alguna mujer, hermosa, parecida a ella.

Lucía fue la única que pasó por esas ventanas.