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Es sábado a la madrugada en Nueva Córdoba. En el equipo somos cuatro: planimetra, huellero, químico y yo: la fotógrafa forense del Poder Judicial. Nos sumamos a los familiares, el policía, la médica y el chófer de la morguera. Media cuadra más abajo un cuerpo tapado por una frazada gris con cuadros. Y entre el cuerpo y todos nosotros, el novio de la víctima: un hombre de mediana edad, igual a cualquier hombre de mediana edad, pero en situación de calle y envuelto en un vaho a alcohol que por momentos tapa la falta de aseo. Camina hasta los familiares que lloran en círculo. Repite que él no sabe qué pasó, que no estaba cuando le dejaron la torta. Va cuadra abajo, a la médica del equipo le explica que ese día era el cumpleaños de su novia; al policía le comenta que se atraganto, que él intentó ayudarla pero no pudo; a mí me ve sacando fotos, me indica el lugar donde aún hay restos de torta y crema. “Me dijo que un vecino pasó y se la dejó con una coca”. Se para justo al lado de la botella, casi encima, y la señala. Le agradezco y le pido si por favor puede correrse dos pasos atrás. No importa a dónde apunte mi cámara, él está siempre en el medio.

Nadie le presta mucha atención hasta que dice que se va con el cuerpo de su novia. Quienes trabajamos con la muerte, con la muerte violenta, sabemos que la gente puede enloquecer en un segundo y su obvia borrachera contribuye aún más para que entre en la categoría de bomba de tiempo. Según su relato unas semanas atrás armaron la ranchada en la entrada de una casa en alquiler. Cuando él volvió ella ya tenía la torta y la gaseosa y mientras comían se atoró. Él asegura que la comida tenía algo. Nosotros hacemos el relevamiento mientras escuchamos su historia en un loop interminable que ya pasó a ser una especie de ruido blanco. Algunos lo ignoran, otros intentan ser amables pero no pueden contestar más que “ajá”, “sí, sí” o “gracias”. No es falta de interés. A veces no nos alcanza la humanidad para involucrarnos en todas las tragedias que vemos durante el horario laboral.

Terminamos de relevar la zona, todos cada vez más tensos. El momento de levantar el cuerpo siempre es el peor. Siempre.

Le hago un gesto con la cabeza al policía para que contenga al hombre. Le explica que no se puede ir con ella. Él contesta que no le molesta ir en la caja. Siento asco, ni por todo el oro del mundo me subo ahí. Insiste, pero con menos convicción de la que esperábamos. El ruido blanco se apaga. Nosotros nos movemos más rápido que antes. Huimos. El dolor no es nuestro y no necesitamos verlo.

La familia de la víctima desapareció en el minuto que tardé en guardar la cámara. La morguera con sus luces encendidas se aleja. La cuadra está vacía.

Al costado sobre la calle el policía nos saluda con la cabeza, arranca su motito y se va. Nadie nota al hombre que, apoyado en un auto, mira al lugar donde minutos atrás estaba el cadáver de su novia.

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En su web, el Ministerio Público Fiscal se define como “un órgano estatal independiente que integra el sistema de administración de justicia, cuya misión es actuar en defensa del interés público y los derechos de las personas, procurando ante los Tribunales la satisfacción del interés social y custodiar la normal prestación del servicio de justicia.”

Un montón de palabras que podemos leer pero que nos cuesta entender. Así es el Ministerio Público Fiscal: un organismo difícil de comprender.

La Dirección General de Policía Judicial es uno de sus órganos auxiliares. Colabora con la administración de justicia y lleva a cabo un trabajo multidisciplinario de investigación. Dentro de la misma está la Dirección de Policía Científica, “La Científica” para quienes trabajamos acá, compuesta por varios gabinetes abocados a la reconstrucción de hechos delictivos. Una especie de mamushka burócrata que debería asegurar el acceso a la justicia pero que no lo hace.

No es fácil encontrar información sobre la historia del Ministerio Publico Fiscal. Los datos oficiales escasean y más que una casualidad parece una consecuencia de la pobre comunicación.

La primera camada de empleados civiles ingresó a la policía científica en 1988, unos meses después que el ex-Gobernador Eduardo Angeloz, mediante un decreto pasara a la órbita del Poder Judicial todas las dependencias de criminalística de la Provincia de Córdoba, que hasta ese momento eran jurisdicción policial. Quienes aún recuerdan ese decreto se ríen porque el mismo especificaba “con muebles y personal”. Casi 20 años después, en el 2004, muchos de esos empleados fueron quienes estuvieron a la cabeza de las asambleas de trabajadores de Policía Judicial que iniciaron un proceso de reclamos sobre las condiciones laborales del sector. Durante esas asambleas se visibilizó la preocupación de los y las trabajadoras sobre el impacto y las secuelas que las tareas criminalísticas producían en su salud y vínculos personales. Consciente o inconscientemente le dieron forma a la madre de todas las luchas dentro de la científica: La insalubridad.

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Fotografía Legal es una de las secciones del Gabinete de Reconstrucción Criminalística de la científica junto a Planimetría y Huellas y Rastros. Las tres oficinas suman 80 empleados divididos en ocho cuerpos operativos que trabajan en guardias rotativas de 11, 14 o 24 horas y cubren toda la provincia de Córdoba. Turismo Judicial lo llamo yo.

A estas tres oficinas se le suman Reconstrucción Gráfica del Rostro y dos nuevas áreas: la Unidad Transdisciplinaria de Reconocimiento Antropométrico y el Centro de Estudios Interdisciplinarios, creadas en 2016 y 2018 respectivamente. Son tan nuevas que, más de 5 años después, aún no han sido agregadas al organigrama oficial de la web del Ministerio Publico Fiscal. Hablemos de los tiempos de la justicia.

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Son las 4AM y sé que mi alarma sonará a las seis. Con una guardia de 24 horas por delante me ruego dormir. No es la primera vez que me pasa, ni será la última. Peor aún: no soy la única con problemas de insomnio pre guardia. Algunos antes, otros después, todos los técnicos de la científica pasamos por épocas en donde dormir antes de ir a trabajar es misión imposible. No sabemos exactamente por qué nos pasa: a pesar que estamos en contacto directo y cotidiano con situaciones de violencia y muerte, nuestra tarea aún no está declarada como insalubre ni tenemos soporte psicológico alguno por parte de la institución.

Cuando la gente pregunta sobre lo que hacemos quiere saber sobre los muertos, pero entrar a una casa de piso de tierra para hablar con un hombre al que le robaron su única garrafa en invierno es igual de desgarrador. Y son realidades para las que no nos preparan.

Los espacios de la ciudad, incluso aquellos que habitamos en nuestra cotidianeidad, se resignifican. La esquina por la que pasabas todos los días se convierte en el escenario de un suicidio. Y la familia llorando desgarrada sobre el cordón de la vereda vuelve a aparecer. Trabajamos con la tragedia y con el dolor ajeno pero nadie nos dice qué hacer con eso.

“Mi esposa no quiere salir más conmigo porque por donde sea que vayamos yo tengo una historia fea” cuenta un compañero al pasar en la oficina. Naturalizamos situaciones que no todos pueden o quieren escuchar.

Durante 2005 el CONICET coordinó un estudio para realizar un diagnóstico sobre las condiciones de trabajo y la salud de los trabajadores del sector. En los resultados publicados en 2006 se recomendó la creación de manera urgente de un gabinete psicológico para la atención del personal. La única instancia de contención psicológica que tuvimos los empleados hasta ahora fue el Espacio de Salud Psicosocial entre 2016 y 2018 y luego en 2022, organizado y financiado por AGEPJ (Asociación Gremial Empleados del Poder Judicial).

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Son más de las 2AM. Mi horario terminaba a las 21.30. Avanzamos en la oscuridad, callados. El lugar quedó desierto y sobre el costado del camino de tierra los familiares esperan que los dejen entrar. Lo que para nosotros es una escena de crimen para ellos es una casa. Hay tres o cuatro autos estacionados, uno detrás del otro. En el segundo, sentado en el asiento del acompañante el cuerpo de una señora. Está viva a pesar del vacío en su mirada. No sé de dónde proviene la luz pero algo le ilumina el rostro. Los ojos vacíos, enmarcados en unos lentes que la delatan mayor de 60. No recuerdo nada de ella. Solo el auto en donde está sentada, el asiento, la luz y sus ojos vacíos. Catatónicos.

Dentro del móvil a duras penas sumamos 20 años de servicio entre todos pero coincidimos en que es por lejos el hecho más escabroso que nos tocó trabajar. Llegamos al lugar varias horas antes. En ese momento la oscuridad del monte se cortaba entre la psicodelia de las sirenas de los bomberos y la policía. Tres patrulleros en el lugar del hecho, para la zona casi un milagro. El camión de bomberos con todos los equipos para iluminar. La fiscal, su secretaria y como mil personas más que no sé ni quiénes eran ni para qué estaban. Bueno, tal vez no eran mil.

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Como fotógrafa mi labor es la de fijar la escena del crimen. Por eso soy la primera en ingresar y generalmente también en terminar. Finalizada la tarea técnica de reconstrucción puedo prestar atención a las personas que habitan el espacio. Los otros protagonistas del hecho que estamos investigando: las víctimas. Personas en shock afectadas por un hecho violento, doloroso y generalmente inesperado.

“¿Me podés decir cómo hacemos para retirar el cuerpo de mi hermano? pregunta el hombre. “La verdad no tengo idea pero dame tu teléfono y apenas llegue a la oficina te averiguo y te mando un whatsapp”. Creo en humanizar la tarea, brindar gestos sencillos que a una persona en crisis le simplifican la vida. No soy la única que así lo entiende, pero lejos está de ser el enfoque institucional.

“Cuando termines de trabajar olvídate, tratá de no pensar mucho, si no te volvés loco” es el primer consejo que recibimos cuando ingresamos al trabajo. El segundo para mí fue que por ser mujer me hiciera respetar, pero la violencia de género en la científica merece varios capítulos aparte.

Encuentro dos enormes fallas en este consejo: ignorar los hechos traumáticos de ninguna manera borra la huella que dejan en nuestro organismo. Y nos vuelve mucho menos empáticos hacia los damnificados.

Y en esa línea otro gran problema: el Poder Judicial no nos forma como agentes primarios de justicia. La escasa instrucción que recibí en la institución siempre fue respecto a mi tarea de fotógrafa, pero el contacto directo con víctimas también es una constante. Si nos sugieren disociarnos y encima la capacitación sobre los procedimientos que las personas tienen que seguir es nula: ¿qué clase de acceso a la justicia podemos garantizar? El primer contacto con los damnificados debe ser empático y eso no puede depender únicamente de voluntades individuales. El Poder Judicial necesita ser más eficiente, pero también mucho más amoroso con las víctimas y con sus empleados. Mientras eso no suceda nuestros derechos como ciudadanos y como trabajadores seguirán siendo vulnerados.

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Hace seis años que trabajo como fotógrafa forense para el Poder Judicial de Córdoba. Para dormir antes de la guardia necesito tomar algo. Vi tantos accidentes de tránsito que viajar en ruta me genera palpitaciones. Si mi pareja llega tarde asumo fatalidades. El supone que me enojo porque salió con amigos. Yo no puedo explicar la intranquilidad que siento.

Una vez entré a la morgue y me quedé sin aire pensando que el cadáver de la bandeja 3 era mi tío. Tengo miedo que secuestren a mi hija, que la lastimen, que la abusen, que se ahogue en una pileta, que se asfixie por culpa de la calefacción o que simplemente deje de respirar. Hay calles que no quiero volver a transitar por miedo a los fantasmas. Las guardias se vuelven pesadas, insoportables. Y son solo siete años. Empiezo a entender a mis compañeros más viejos. Lo que no entiendo es que esperan el Tribunal Superior de Justicia, el Ministerio de Trabajo y el Gobierno de Córdoba para declarar que nuestra tarea es insalubre.